La última noticia sobre su maloliente carrera fue publicada en 1987, cuando una agencia de prensa informó que el presidente argentino Raúl Alfonsín se disponía a decretarle un nuevo ascenso. Desde entonces poco o nada sabemos de su vida y de sus andanzas. Tal vez ya está en vísperas de ser vicealmirante. Quizás es ahora un oficial en uso de un buen retiro, que se gana la vida como jefe de seguridad de una empresa privada o completa su pensión con los ingresos producidos por un criadero avícola.
Se llama Alfredo Astiz y llegó a ser personaje célebre, aunque su notoriedad no se originaba en victorias militares ni en heroicos episodios de combate. Bajo el gobierno dictatorial que se instauró de facto en su país el 24 de marzo de 1976, este bravo marino guerreraba contra civiles inermes, obsesionado hasta el asesinato por contribuir a la derrota definitiva del comunismo.
Dos de sus crímenes tuvieron resonancia internacional. El primero cometido el 26 de enero de 1977 contra una joven sueca llamada Dagmar Hagelin. El segundo, perpetrado once meses después, tuvo como víctimas a las religiosas francesa Alice Domon y Leónie Renée Duquet.
Dagmar Hagelin perdió la vida pocos momentos después de haber llegado al domicilio de su amiga Norma Burgos, en un pueblo cercano a Buenos Aires. Unas horas antes la casa de la señorita Burgos había sido allanada por un comando naval encabezado por el entonces teniente Astiz. Los miembros de la patota (grupo de individuos que incursionaba en los domicilios para llevarse consigo a quienes luego serían desaparecidos), dejaron entrar a la muchacha y al punto la encañonaron, confundiéndola con María Antonia Berger, cuya presencia en el lugar esperaban.
Al verse rodeada de hombres armados que vestían de civil, Dagmar salió corriendo de la casa con el propósito de huir por la calle Pampa. A lo largo de 30 metros fue perseguida por Astiz, quien no vaciló en dispararle con su pistola en presencia de los transeúntes. Herida por la espalda, la víctima cayó sobre el andén. Acto seguido, cumpliendo órdenes del teniente, sus subalternos colocaron el cuerpo ensangrentado en el baúl de un taxi y en él partieron de inmediato. Fue lo último que se supo de la jovencita. Su nombre se incorporó a la lista de las personas desaparecidas por obra el gobierno militar.
Debe añadirse que Dargmar Hagelin no tenía vínculo alguno con la subversión. Había ido hasta el hogar de su amiga Norma sólo para preguntarle su también iría de vacaciones a un balneario. Pero aun tratándose de un delincuente en fuga, nadie negará la barbarie del procedimiento utilizado para impedir la evasión.
En diciembre del mismo año Astiz tuvo responsabilidad directa en el secuestro y la posterior desaparición de las hermanas Alice y Leónie, de las misiones extranjeras en París. Ambas fueron aprendidas junto con un grupo de civiles que trabajaba pacíficamente por averiguar la suerte de un grupo de desaparecidos. Jamás volvió a saberse ni de las monjas ni de sus compañeros, entre los cuales estaba la fundadora de las Madres de la Plaza de Mayo, Azucena de Vicenti.
En 1982, después de varios años de hacer la guerra sucia contra mujeres indefensas, le llegó a Alfredo Astiz la hora de tomar parte en un verdadero conflicto armado: estalló la Guerra de las Malvinas. Se ha sabido que el criminal fue uno de los primeros en rendirse ante las tropas británicas comandadas por el general Moore. Tras la ignominiosa derrota los juzgaron por la desaparición de Dagmar Hagelin, pero su defensor alegó exitosamente que aquella acción penal había prescrito. Así vino a ser –como muchos otros- inocente por prescripción.
Por los días de su ascenso publicaron los periódicos una fotografía de Astiz. En ella se mostraba reposado y tristón, como un gorila adulto, puestos los ojos en las glorias del almirantazgo.
