Madre Teresa de Calcuta
Un semanario italiano la llamó una vez la monja más famosa de nuestros días, y por su trabajo a favor de los pobres tiene el Premio Nobel de la Paz y otros galardones. Sin embargo, al ver en la calle a esta octogenaria de corta estatura, que habla con lentitud y casi en un susurro, pocos podrían intuir la presencia de una mujer excepcional.
Por motivos religiosos tomó el nombre de Teresa, pero en el siglo se llama Inés Bojaxhiu. Nació en Skopje, una ciudad de Albania, pero a los 18 años dejó se patria para ir como misionera a la India. Desde 1928 reside en Calcuta.
Teresa llegó a la India como miembro de una congregación religiosa dedicada a la enseñanza, y pasó sus primeros años de trabajo misionero en un colegio en el cual se educaban muchachas de la burguesía colonial. Allí estuvo como directora de estudios hasta 1946, cuando yendo en tren a las montañas de Darjeeling sintió que Dios le hacía un llamado a servirle de otra manera.
La “otra manera” de servir a Dios se identificaba con el trabajo directo e inmediato en pro de los enfermos, los menesterosos, los desamparados, los moribundos: de esa ingente muchedumbre de hombres, mujeres y niños a los cuales se refieren los documentos pontificios cuando hablan de los pobres. A ellos quiso consagrarse la religiosa de 36 años, y no vaciló en abandonar su comunidad, su trabajo docente y su hermoso colegio de Entally para penetrar en la terrible existencia de los que nada tienen.
El 8 de agosto de 1948 Teresa se puso un nuevo hábito: un sari de algodón blanco, como el que visten las mujeres de las clases populares de Bengala. Pocos meses más tarde empezaba a trabajar en las calles de Calcuta, en espera de que otras cristianas se sintieran también llamadas a entregarse exclusivamente y a perpetuidad al servicio de los que ya no esperan.
Calcuta es la más patética de las grandes ciudades del Asia. Sus calles son el escenario del drama cotidiano de millones de personas que en medio de ratas y de cuervos luchan por sobrevivir en condiciones de pobreza absoluta. El hacinamiento, las enfermedades y el hambre han convertido a la que un día fue capital de la India en el mayor desastre urbano del mundo.
En esa ciudad doliente Teresa se convirtió en el pilar de una obra de amor que hoy se extiende por toda la Tierra. Las Misioneras de la Caridad –así se llaman las hermanas del instituto que fundó la mujer sari blanco- tienen ya cerca de 3.000 casas en el mundo, y trabajan con los leprosos de Dadona, con el enfermos de Sida en Nueva York, con los basuriegos de El Cairo y con los alcohólicos callejeros de Londres. Estarán siempre donde haya pobres, porque de su fundadora aprendieron a ver en ellos a Cristo mismo.
Texto en “Siluetas para una Historia de los Derechos Humanos” de Mario Madrid- Malo Garizabal/ Defensoría del Pueblo

